Tragedias griegas
Tragedias griegas ARTEMISA.— Has cometido ana acción horrible; pero aún te está permitido obtener perdón por ella, pues ha querido Cipris que las cosas ocurriesen de esta manera para saciar así su cólera. La ley entre los Dioses ordena que ninguno pueda oponerse a la voluntad de otro, [1330] y cedemos siempre unos a otros. Y has de saber que, si no fuese por temor a Zeus, nunca, en verdad, habría yo llegado hasta el deshonor de dejar morir a quien me era el más caro entre todos los mortales. Pero tu falta está mitigada por tu ignorancia, y tu difunta mujer se ha llevado las pruebas morales que hubiesen convencido a tu espíritu. Y ahora acaban de agobiarte estos males; pero también yo estoy dolorida. Porque los Dioses [1340] no se alegran de la muerte de los justos. A quienes hacemos parecer es a los malos, a sus hijos y a su raza.
EL CORO.— ¡He aquí que viene el desventurado! Ensangrentadas están sus tiernas carnes y su cabeza rubia. ¡Oh lamentable familia! ¡Qué doble duelo, enviado por los Dioses, ha caído sobre estas moradas!
(Hipólito aparece cubierto de sangre en brazos de sus compañeros).