Tragedias griegas
Tragedias griegas HIPÓLITO.— ¡Ay, ay, desdichado de mÃ, que me desgarra la sentencia de un padre injusto! [1350] ¡Ay de mÃ, que me muero! Arrollan mi cabeza los dolores, la convulsión salta en mi cerebro. (A los sirvientes que lo acompañan). Dejad que mi cuerpo herido repose por un instante. (Los servidores se detienen). ¡Ah! ¡ay! ¡oh arreos odiosos de los caballos que alimentó mi mano, me habéis perdido, me habéis matado!! (A los servidores que continúan la marcha). ¡Ay, ay! servidores, tocad dulcemente con vuestras manos mi cuerpo desgarrado. [1360] ¿Quién está ahÃ, a mi derecha? ¡Levantadme con cuidado, llevad sin sacudidas a este desdichado herido por la injusta execración de su padre! ¡Zeus, Zeus! ¿ves esto? ¡Yo, que soy casto y respeto a los Dioses; yo, que por mi pureza preponderaba sobre todos, pierdo la vida y voy al Hades, debajo de la tierra! En vano cumplà con los hombres todos los deberes de la virtud. (Se le extiende sobre un lecho). [1370] ¡Ah! ¡ay! he aquà que me invade el dolor. ¡Dejadme, dejad a este infeliz, y que la Muerte Sanadora me cure[259]! ¡Matadme, matad a este infeliz! ¡Quiero una espada de dos filos para herirme y adormecer mi vida! ¡Oh lamentable imprecación de mi padre! Sobre mà pesan todos los actos criminosos y sangrientos [1380] de mis antiguos abuelos. ¿Y por qué, si no soy culpable de nada? ¡Ay! ¿Qué voy a decir? ¿Cómo rescataré mi vida de este acerbo dolor? ¡Ojalá aduerma mi miseria la negra y nocturna necesidad del Hades!