Tragedias griegas
Tragedias griegas ARTEMISA.— ¡Oh desgraciado, a qué calamidad te ves encadenado! [1390] Te ha perdido la grandeza de tu alma.
HIPÓLITO.— ¡Ay! ¡oh divino hálito perfumado! Aunque abrumado de males, te he percibido, y mi cuerpo se alivia. ¡La Diosa Artemisa está aquÃ!
ARTEMISA.— ¡Oh desventurado! aquà tienes a la Diosa a quien más amas.
HIPÓLITO.— ¡Mira cuán desdichado soy, señora!
ARTEMISA.— Ya lo veo; pero de mis ojos no pueden correr lágrimas.
HIPÓLITO.— ¡Ya no existe tu cazador, tu servidor!
ARTEMISA.— Claro que no. Pereces, aunque eres tan querido para mÃ.
HIPÓLITO.— ¡El que guiaba tus caballos, el guardián de tus imágenes!
ARTEMISA.— [1400] La astuta Cipris es quien ha urdido esto.
HIPÓLITO.— ¡Ay! ¡Reconozco a la Diosa que me ha perdido!
ARTEMISA.— No la honrabas, y estaba irritada porque eras casto.
HIPÓLITO.— Ya lo comprendo; a los tres nos ha perdido ella sola.