Tragedias griegas

Tragedias griegas

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EL MENSAJERO.— Después que llegamos a la tierra ilustre de Febo, durante tres carreras brillantes de Helios, llenamos nuestros ojos con el espectáculo de las cosas. Ya esto fue sospechoso para los delfianos, y el pueblo que habita el país del Dios se congregaba en las ágoras y en los círculos, y [1090] el hijo de Agamenón, yendo por la ciudad, tenía para el oído de cada cual discursos enemigos: «¡Mirad a ese hombre que recorre los antros del Dios, llenos de oro, tesoros de los hombres! ¡Por segunda vez viene aquí, como ya lo ha hecho, para saquear el templo de Febo!». Y desde allí cundió por la ciudad el rumor funesto, y los magistrados se reunían en los sitios de asamblea; y en particular, cuantos vigilaban los tesoros del Dios pusieron guardias en la morada rodeada de columnas. Por lo que a nosotros respecta, [1100] como habíamos recibido ovejas criadas en los bosques del Parnaso[310], y todavía no sabíamos nada de estas cosas, nos acercamos a los altares con los proxenos[311] y los adivinadores píticos. Y alguien dijo: «¡Oh joven! ¿qué imploraremos del Dios para ti? ¿A qué has venido?». Y Neoptolemo contestó: «Quiero expiar una ofensa hecha a Febo. Porque en otro tiempo le pedí que vengase la sangre de mi padre». Y entonces la calumnia de Orestes hizo mucho efecto, [1110] pues creyeron que mi amo mentía y que había ido impulsado por un propósito criminal. Y éste echó a andar hacia el santuario, a fin de suplicar a Febo ante el oráculo, y contemplaba las víctimas consumidas. Y enfrente había una tropa armada de espadas y coronada de laureles; y entre los que la componían estaba el hijo de Clitemnestra, maquinador de todo aquello. Y de pie en presencia de todos, Neoptolemo rogaba al Dios; pero los otros, armados de espadas afiladas, hieren bruscamente al hijo de Akileo desarmado. [1120] Este retrocede sin volver la espalda. No estaba herido mortalmente, en efecto. Desenvaina, y tirando de las armas colgadas en los clavos del peristilo, se mantuvo delante del altar, como un guerrero terrible, y exclamó, interrogando a los hijos de los delfíanos: «¿Por qué me matáis, cuando vengo aquí en viaje piadoso? ¿Por qué motivo he de morir?». Ninguno de aquellos hombres le contestó; pero le agredieron a pedradas. [1130] Acosado de todos lados por aquella densa granizada, oponía él sus armas, y paraba los golpes presentando su escudo de acá para allá. Pero de nada le servía. Delante de él volaban innumerables tiros, flechas, picas, dardos y pinchos mortales. Habrías de ver las terribles danzas pírricas[312] de tu hijo[313] para evitar los tiros. Pero como todos le tenían encerrado en el círculo que le envolvía y no le dejaban respirar, abandonando el hogar del altar dispuesto para las víctimas y saltando sobre sus pies cual para el asalto troyano[314], [1140] se abalanzó a ellos, que volvieron la espalda y emprendieron la fuga, al igual de palomas que ven al gavilán. Y caían revueltos muchos, heridos o aplastados por los pies de los demás en las salidas angostas. Y retembló en el templo sagrado un clamor impío, resonando en las rocas; pero, como en medio de la serenidad, mi amo brillaba bajo sus armas espléndidas, hasta que, desde el fondo del santuario, alguien lanzó un grito terrible, atroz, que de nuevo atrajo a la multitud al combate. Entonces cayó el hijo de Akileo, [1150] herido en el costado por la afilada espada de un hombre delfiano, que le mató con otros muchos. Y cuando hubo caído, ¿qué hierro, qué piedra no le alcanzó, arrojados desde lejos o hiriéndole de cerca? Desgarrado de heridas horribles está todo su hermoso cuerpo. Luego arrastraron fuera del templo, abundante en víctimas, su cadáver, que yacía junto al altar. En cuanto a nosotros, tras de tomarlos inmediatamente en nuestras manos, te traemos estos restos lamentables para que llores [1160] y gimas por él, anciano, y le hagas los honores de la sepultura. Esa es la acogida que el rey Loxias, que profetiza para otros[315] y hace justicia a todos los hombres, ha tenido para el hijo de Akileo, cumpliendo sus expiaciones. Cual un hombre malvado, se ha acordado de querellas antiguas. ¿Cómo, pues, ha de ser sabio?


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