Tragedias griegas

Tragedias griegas

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HÉCUBA.— ¡Ay de mí! ¡En verdad que veo muerto a mi hijo Polidoro, a quien un hombre tracio tenía escondido en sus moradas! ¡Qué desdichada soy! Estoy perdida, ya no existo. ¡Oh hijo, oh hijo! ¡ay, ay! ¡Lanzo un grito furioso porque así me lo arrancan estos males que me vienen de un Demonio funesto!

LA SERVIDORA.— ¿Te has enterado por fin del destino de tu hijo, ¡oh desgraciada!?

HÉCUBA.— ¡Es increíble lo que veo, increíble y nuevo, siempre nuevo! [690] ¡Unos males siguen sin cesar a otros males! ¡Jamás conoceré un solo día sin lágrimas y sin gemidos!

EL CORO.— ¡Oh desgraciada, sufrimos males terribles, terribles!

HÉCUBA.— ¡Oh hijo, hijo de una madre desventurada! ¿De qué muerte has perecido, por qué destino yaces ahí y qué hombre te ha matado?

LA SERVIDORA.— No sé. Le he encontrado a orillas del mar.

HÉCUBA.— ¿Le arrojaron las olas del mar a la apretada arena, después que cayó bajo una lanza ensangrentada? [700] ¡Ay de mí! ¡Ya comprendo mi sueño y la visión que alzóse ante mis ojos, el espectro de alas negras que no me ha abandonado! ¡Oh hijo, eras tú, que no veías ya la luz de Zeus!

EL CORO.— ¿Quién le ha matado, pues? ¿Sabrías decirlo, ¡oh adivinadora en sueños!?


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