Tragedias griegas

Tragedias griegas

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HÉCUBA.— Mi huésped, mi huésped el jinete tracio, [710] a quien el viejo Príamo se lo había confiado en secreto[357].

EL CORO.— ¡Ay! ¿Crees que le ha matado para apoderarse de su oro?

HÉCUBA.— ¡Cosas sin nombre qué no pueden decirse, que superan a los prodigios impíos a intolerables! ¿Dónde estará en lo sucesivo la justicia hospitalaria? ¡Oh el peor de los hombres, cómo has desgarrado sin piedad la piel y cortado con el hierro de la espada [720] los miembros de este niño!

EL CORO.— ¡Oh desdichada! ¡Cuán abrumadoramente pesa un Demonio sobre ti y te carga de aflicciones entre todos los mortales! Pero veo a Agamenón, nuestro amo actual. Amigas, callémonos al punto.

AGAMENÓN.— Hécuba, ¿por qué tardas en depositar a tu hija en la tumba, después de haberme pedido Taltibio que no la tocara ninguna de los argianos? Por cierto que la hemos dejado y no la hemos tocado; [730] pero me extraña que tardes tanto. Tengo a buscarte, pues todo está dispuesto allá, y todo está bien, si es que puede haber en esto algo que esté bien. ¡Ah! pero ¿qué troyano muerto veo en las tiendas? Los vestidos que envuelven el cuerpo me demuestra que no es un argiano.


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