Tragedias griegas

Tragedias griegas

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HÉCUBA.— ¡Desgraciado! —y también lo digo de mi misma— ¡desgraciada Hécuba! ¿qué haré? ¿Me abrazaré a las rodillas de Agamenón, o soportaré mis males en silencio?

AGAMENÓN.— ¿Por qué me vuelves la espalda, y te lamentas, [740] y no me dices qué ha pasado? ¿Quién es éste?

HÉCUBA.— Si me rechaza de sus rodillas, mirándome como a esclava y a enemiga, sólo habré conseguido aumentar mis males.

AGAMENÓN.— En verdad que no soy adivinador, y, mientras no te oiga, mal podré enterarme de tus designios.

HÉCUBA.— Quizá vea yo en él un enemigo, sin que lo sea.

AGAMENÓN.— Si no quieres que sepa yo nada de lo que ocurre, conforme; pues, por lo que a mí respecta, nada quiero saber.

HÉCUBA.— Sin su concurso, no podré vengar a mis hijos. [750]¿Por qué vacilar? Hay que atreverse, salga o no con bien. ¡Agamenón! ¡Te suplico por estas rodillas, por tu barba, por tu diestra feliz!

AGAMENÓN.— ¿Qué deseas? ¿La libertad? Puedes obtenerla.

HÉCUBA.— No, por cierto. ¡Con tal de vengarme de un malvado, consiento en ser tu esclava toda mi vida!


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