Tragedias griegas
Tragedias griegas POLIMÉSTOR.— ¡Oh PrÃamo, el más caro de los hombres! Y tú, carÃsima Hécuba, sabe que lloro al veros a ti y a tu ciudad y a tu hija que acaba de ser muerta. ¡Ay! nada es seguro: ni la gloria ni una constante prosperidad; y los Dioses confunden y trastornan todas las cosas, con objeto de que los adoremos en nuestra ignorancia. [960] Pero ¿a qué vienen lamentaciones que no aplacan los males? Por lo que a ti respecta, no me reproches mi ausencia, porque, cuando has llegado aquÃ, estaba yo en las fronteras de Tracia; y no bien regresé, cuando, al poner los pies fuera de mis moradas, me encontré a la esclava que me traÃa tus palabras. Las he escuchado, y he venido.
HÉCUBA.— Vergüenza me da, Poliméstor, mirarte frente a frente, sumida cual estoy en tantos males. [970] Como me has visto feliz, me da vergüenza posar en ti los ojos en el estado en que me hallo. No pienses, Poliméstor, que en esto hay malevolencia para ti. Además, es costumbre que las mujeres no miren a los hombres cara a cara.
POLIMÉSTOR.— En verdad que no me asombro. Pero ¿qué quieres de m� ¿Por qué me has hecho salir de las moradas?
HÉCUBA.— Quiero enterarte a ti y a tus hijos de algo que me concierne. [980] Ordena a tus compañeros que se retiren de estas tiendas.