Tragedias griegas

Tragedias griegas

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POLIMÉSTOR.— ¡Marchaos, que aquí estoy seguro solo! Porque, tú eres amiga mía, y el ejército de los acayanos me es propicio. Dime, pues, en qué puede ayudar un amigo dichoso a los amigos desdichados, que estoy pronto a hacerlo.

HÉCUBA.— ¡Ante todo, dime si continúa vivo mi hijo Polidoro, a quien recibiste de mis manos y de las de su padre! Luego te preguntaré otras cosas.

POLIMÉSTOR.— ¡Claro que sí! Y sobre ese particular eres dichosa, al menos.

HÉCUBA.— [990] ¡Oh carísimo, cuán bien hablas y de qué manera tan digna de ti!

POLIMÉSTOR.— ¿Qué quieres saber por mí aún?

HÉCUBA.— ¿Se acuerda todavía de mí, que le he parido?

POLIMÉSTOR.— Ciertamente, y quisiera venir hasta ti en secreto.

HÉCUBA.— ¿Y esta seguro el oro que poseía él cuando llegó de Troya?

POLIMÉSTOR.— Seguro está, naturalmente, puesto que se guarda en mis moradas.

HÉCUBA.— Consérvalo, pues, y no desees las cosas que se te confían.

POLIMÉSTOR.— ¡No, no! ¡Goce yo únicamente de lo que poseo, oh mujer!


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