Tragedias I
Tragedias I 1115 HERACLES. —Sólo tengo confianza en tu mano derecha.
ADMETO. —Señor, me obligas a hacer esto sin yo quererlo.
HERACLES. —Atrévete a extender la mano y a tocar la extranjera.
ADMETO. —Bien, la extiendo.
HERACLES. —Como si fueses a degollar la cabeza de la Gorgona[84]. ¿La tienes?
ADMETO. —SÃ, la tengo.
HERACLES. —Guárdala, pues, y un dÃa dirás que el 1120 hijo de Zeus fue un noble huésped. (Se acerca a la mujer y le quita el velo). Dirige tu mirada hacia ella, si en ella ves algo digno de tu esposa y, feliz, deja a un lado tu dolor.
ADMETO. —¡Oh dioses! ¿Qué decir? Prodigio inesperado es éste. ¿Esta que estoy viendo es realmente mi esposa? ¿O es una alegrÃa engañosa enviada por la 1125 divinidad la que me saca de mÃ?
HERACLES. —No, no te engañas, sino que estás viendo a tu propia esposa.
ADMETO. —Mira, no vaya a ser esto una aparición infernal.
HERACLES. —El huésped que has tenido no es un evocador de almas.
ADMETO. —¿Estoy viendo a mi esposa, a la que deposité en la tumba?