Tragedias I
Tragedias I HERACLES. —Tenlo por seguro, pero no me extraña 1130 tu desconfianza ante lo que sucede.
ADMETO. —¿Puedo tocarla, hablarle como a una esposa viva?
HERACLES. —Háblale. Ya tienes todo lo que deseabas.
ADMETO. —¡Oh rostro y cuerpo de mi queridÃsima esposa, te tengo cuando ya no lo esperaba, cuando creÃa que no te habÃa de ver nunca más!
1135 HERACLES. —Es tuyo. ¡Ojalá que no te venga la envidia de los dioses!
ADMETO. —¡Oh hijo bien nacido del poderosÃsimo Zeus, que seas feliz, y que el padre que te engendró te conserve! ¡Tú eres el único que has enderezado mi casa! ¿Cómo has conseguido traerla desde abajo hasta esta luz?
1140 HERACLES. —Entablando combate con el dios que la tenÃa en su poder.
ADMETO. —¿Dónde dices que trabaste ese combate con la muerte?
HERACLES. —Junto a la misma tumba, aferrándola con mis brazos desde el escondrijo.
ADMETO. —¿Por qué esta mujer está ahà quieta, sin voz?