Tragedias I
Tragedias I SILENO. —Yo se lo estaba diciendo, pero ellos se llevaban tus bienes y, aunque yo me oponÃa, se comÃan el queso y sacaban fuera los corderos. Y andaban diciendo que te atarÃan con un collar de tres brazos 235 y, delante de tu ojo central, te sacarÃan las entrañas a la fuerza y con un látigo molerÃan a golpes tu espalda y, luego, atándote a los bancos de la nave y 240 cargándote en ella, te venderÃan a alguno, para levantar piedras con una palanca o arrojarte a un molino.
CÃCLOPE. —¿De veras? ¿Quieres ir lo más rápido que puedas a afilar los cuchillos de carnicero y, apilando un gran haz de leña, prenderla fuego? Pues ellos, degollados al instante, me proporcionarán a mÃ, 245 separando las carnes de las brasas, una comida caliente. El resto lo haré cocer en un caldero y se quedará muy tierno, pues ya estoy harto de comida de los montes; bastantes banquetes me he dado ya de leones y de ciervos, y hace mucho tiempo que no pruebo carne humana.
250 SILENO. —Las novedades, después de las cosas habituales, señor, causan mayor agrado. Es evidente que, desde hace mucho tiempo, no habÃan llegado a tus cuevas otros extranjeros.