Tragedias I
Tragedias I Después llegábamos a un paraje desierto, en donde, más allá de esta tierra, una costa escarpada, se 1200 extiende hacia el golfo Sarónico[75]. De allí surgió un rumor de la tierra, cual rayo de Zeus, profundo bramido, espantoso de oír. Los caballos enderezaron sus cabezas y sus orejas hacia el cielo y un fuerte temor 1205 se apoderaba de nosotros al buscar de dónde procedía el ruido. Y mirando a las costas azotadas por el mar, vimos una ola enorme que se levantaba hacia el cielo, hasta el punto de impedir a mis ojos ver las costas de Estirón y ocultaba el Istmo y la roca de Asclepio[76]. 1210 Y luego, hinchándose y despidiendo en derredor espuma a borbotones por el hervor del mar[77], llega hasta la costa en donde estaba la cuadriga. Y en el momento de romper con estruendo, la ola vomitó un toro, 1215 monstruo salvaje. Y toda la tierra, al llenarse de su mugido, respondía con un eco tremendo. A aquellos que la veían la aparición resultaba insoportable a su mirada. Al punto un miedo terrible se abate sobre los caballos. Nuestro amo, muy práctico en la forma de 1220 comportarse de los mismos, agarra las riendas con ambas manos y tira de ellas, como un marinero tira hacia la empuñadura del remo, echando todo el peso de su cuerpo hacia atrás al tirar de las correas. Y las yeguas, mordiendo el freno forjado a fuego con las quijadas, se lanzan con ímpetu, sin preocuparse de la 1225 mano del piloto, ni de las riendas ni del carro bien ajustado. Y si, dirigiendo el timón[78] hacia la llanura, conseguía enderezar la carrera, el toro se ponía delante haciéndole dar la vuelta, enloqueciendo a la cuadriga 1230 de temor. Mas si, despavoridas en su ánimo, se lanzaban hacia las rocas, acercándose en silencio seguía al parapeto del carro, hasta que le hizo perder el equilibrio y volcó, lanzando la rueda del carro contra una roca. Todo era un montón confuso: los cubos de las 1235 ruedas volaban hacia arriba y los pernos de los ejes, y el mismo desdichado, enredado entre las riendas, es arrastrado, encadenado a una cadena inextricable, golpeándose en su propia cabeza contra las rocas y desgarrando sus carnes, entre gritos horribles de escuchar: «¡Deteneos, yeguas criadas en mis cuadras, no 1240 me quitéis la vida! ¡Oh desdichada maldición de mi padre![79] ¿Quién quiere venir a salvar a este hombre excelente?». A pesar de que muchos lo pretendíamos, llegábamos con pie tardío. Pero él, liberándose de la atadura de las riendas, hechas de recortes de cuero, 1245 no sé de qué modo, cae al suelo, respirando aún un débil hálito de vida; los caballos y el monstruo desdichado del toro desaparecieron no sé en qué lugar de las rocas.