Tragedias I
Tragedias I HERMÍONE. —¡Oh puerto que te apareces a los marineros en la tempestad, hijo de Agamenón! A ti, por tus rodillas[39]: apiádate de mí por la desventura que ves, de mí que estoy en situación no buena. Pongo en tus rodillas mis brazos que no son inferiores a las 895 ínfulas[40].
ORESTES. —¡Eh! ¿Qué pasa? ¿Me equivoco o veo claramente aquí a la señora de palacio, a la hija de Menelao?
HERMÍONE. —Precisamente a la única que una mujer hija de Tindáreo, Helena, dio a luz en el palacio de mi padre. No ignores nada.
ORESTES. —¡Oh Febo remediador! Así le concedas 900 solución a sus penas. ¿Qué pasa? ¿Te ocurren males de parte de los dioses o de los mortales?
HERMÍONE. —Unos de parte mía, otros de la del marido que me posee, otros de la de alguno de los dioses. Por todas partes estoy perdida.
ORESTES. —Entonces, ¿qué desgracia podría tener una mujer, cuando todavía no han nacido hijos, salvo 905 en lo relativo a su esposo?
HERMÍONE. —De eso mismo estoy enferma. Bien me has inducido a confesarlo.
ORESTES. —¿Ama tu marido a alguna otra compañera de lecho en vez de a ti?
HERMÍONE. —A la cautiva, la que había compartido el lecho de Héctor.