Tragedias I
Tragedias I Tú ve e indícales a los argivos que a mi hija nadie 605 la toque, sino que se retire la multitud. En un ejército innumerable una multitud sin freno y una anarquía de los marineros son más potentes que el fuego, y resulta cobarde el que no hace algo malo. Y tú, antigua esclava, coge una vasija, métela en el agua del 610 mar y tráela aquí, para que con la última lustración lave yo a mi hija, desposada sin esposo y doncella sin doncellez, y la exponga[25]… —¿Como ella merece? ¿De dónde? No podría yo hacerlo. Mas, con lo que tengo. Pues, ¿qué me puede ocurrir?—. Voy a recoger el 615 adorno mendigando a las cautivas que como compañeras mías viven dentro de esta tienda, por si alguna, pasando inadvertida a sus dueños recientes, retiene alguna reliquia del robo de su propia casa. ¡Oh gloria de mi casa! ¡Oh palacio antaño feliz! ¡Oh tú que tenías 620 tantísimas cosas muy hermosas, Príamo, el mejor de los padres, y yo, aquí todavía, anciana madre de tus hijos! ¡Cómo hemos llegado a la nada privados de nuestro orgullo de antes! Y luego nos ufanamos, uno, de estar en rico palacio, otro, de ser llamado honorable entre 625 los ciudadanos. Pero esas cosas no son nada, simplemente deseos de la mente y jactancias de la lengua. El más feliz es aquel a quien de día en día no le ocurre ningún mal.
CORO.
Estrofa.