Tragedias I
Tragedias I HÉCUBA. —¡Ay de mÃ! Veo ya muerto a mi hijo, a Polidoro, a quien un tracio lo protegÃa en su palacio. Me he perdido, ¡desgraciada de mÃ!, y ya no existo. 685 ¡Oh hijo, hijo! ¡Ay, ay! Comienzo un compás báquico[29], recién informada de mis desgracias por un espÃritu maligno.
SERVIDORA. —¿Has conocido, por tanto, la desgracia de tu hijo, oh desgraciada de ti?
HÉCUBA. —Veo cosas increÃbles, nuevas, nuevas. 690 Unos males suceden después de otros males. Nunca me alcanzará un dÃa sin sollozos, sin llanto.
CORIFEO. —Terribles, terribles males nos ocurren, oh infeliz.
695 HÉCUBA. —¡Oh hijo, hijo de una madre infeliz! ¿Con qué fatalidad mueres? ¿Con qué destino yaces? ¿A manos de qué hombre?
SERVIDORA. —No lo sé. Pues lo encontré en la orilla del mar.
HÉCUBA. —¿Expulsado o caÃdo bajo una lanza 700 asesina, sobre la lisa arena?
SERVIDORA. —El oleaje marino lo sacó del mar.
HÉCUBA. —¡Ay de mÃ! ¡Ay, ay! He comprendido la 705 ensoñada visión de mis ojos —no se me pasó el espectro de negras alas—, la que yo vi en torno a ti, oh hijo, que ya no estabas en la luz de Zeus.
CORIFEO. —¿Quién lo mató, pues? ¿Sabes explicarlo cual intérprete de tu sueño?