Tragedias I
Tragedias I 710 HÉCUBA. —Mi huésped, el mÃo, el caballero tracio, allà donde su anciano padre, ocultándolo, lo depositó[30].
CORIFEO. —¡Ay de mÃ! ¿Qué vas a decir? ¿Para poseer el oro al matarlo?
HÉCUBA. —Cosas increÃbles, sin nombre, más allá del prodigio, no piadosas ni tolerables. ¿Dónde está 715 la justicia de los huéspedes? ¡Oh el más impÃo de los hombres! ¡Cómo has partido su cuerpo, cortando con férreo cuchillo los miembros de este niño y no te 720 compadeciste!
CORIFEO. —¡Oh infeliz! ¡Cómo te ha hecho la más sufrida de los mortales un espÃritu divino que te es hostil! Mas, ea, pues veo por aquà la figura de mi señor Agamenón, callemos desde ahora, amigas. 725
AGAMENÓN. —Hécuba, ¿por qué tardas en ir a cubrir a tu hija en un sepulcro, según lo que Taltibio en mi nombre anunció: que ninguno de los aqueos tocara a tu hija? Pues bien, nosotros ni lo permitimos, ni la tocamos. Y tú te retrasas, de suerte que yo estoy 730 admirado. He venido para hacerte ir. Pues lo de allà bien hecho está —si es que está bien alguna de estas cosas… ¡Eh! ¿Qué troyano es éste que veo muerto junto a las tiendas? Pues que no es argivo me lo 735 anuncian las ropas que le envuelven el cuerpo.