Tragedias I
Tragedias I HÉCUBA. —Desgraciada —y cuando digo «tú» me refiero a mÃ, Hécuba—, ¿qué he de hacer? ¿Postrarme ante las rodillas de Agamenón aquà presente o soportar mis males en silencio?
AGAMENÓN. —¿Por qué gimes tras volver tu espalda a mi rostro y no dices lo ocurrido? ¿Quién es éste? 740
HÉCUBA. —Pero, si por considerarme esclava y enemiga, me rechazara de sus rodillas, otro dolor se añadirÃa.
AGAMENÓN. —No soy como por naturaleza adivino para, sin oÃr, informarme del camino de tus intenciones.
745 HÉCUBA. —¿Acaso echo cuentas sobre las intenciones de éste atendiendo de más a su hostilidad, sin que él sea hostil?
AGAMENÓN. —Si, realmente, quieres que yo no sepa nada, has coincidido conmigo. Yo tampoco quiero oÃrlo.
HÉCUBA. —Pero yo no podrÃa, sin su ayuda, vengar 750 a mis hijos. ¿Por qué le doy vueltas a esto? Es necesario atreverse, tanto si lo consigo como si no lo consigo. Agamenón, te suplico por estas rodillas, por tu barba y por tu feliz mano derecha.
755 AGAMENÓN. —¿Qué cosa buscas? ¿Acaso liberar tu vida? Pues fácil es para ti.
HÉCUBA. —No, por cierto, sino que, cuando castigue a los malvados, quiero ser esclava toda mi vida.