Tragedias I

Tragedias I

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POLIMÉSTOR. —¡Oh Príamo, el más querido de los hombres, y tú la más querida, Hécuba! Lloro al verte a ti, a tu ciudad y a tu hija la que acaba de morir. 955 ¡Ay! No hay nada seguro, ni la buena fama, ni tampoco que, quien lo pasa bien, no lo haya de pasar mal. Los dioses en persona hacen la mezcla, causando confusión hacia atrás y adelante, para que los 960 respetemos en nuestra ignorancia. ¿Pero qué necesidad hay de entonar este canto fúnebre que nada sirve para los males del futuro? Y tú, si es que reprochas en algo mi ausencia, detente. Pues me encontraba ausente en medio de las fronteras de Tracia, cuando llegaste aquí. Pero después que regresé, salió a mi encuentro, 965 cuando yo sacaba ya mi pie de mi palacio, esta criada tuya diciéndome tus razones, y, después de oírlas, he venido.

HÉCUBA. —Me da vergüenza mirarte de frente, Poliméstor, al encontrarme en tales desdichas. Pues, a la 970 vista de alguien por el que he sido considerada feliz, me entra pudor de verme en esta situación donde estoy ahora, y no podría yo mirarle con los ojos fijos. 975 No lo tomes como hostilidad hacia ti, Poliméstor. De otra parte, también hay otro motivo: la costumbre de que las mujeres no miren cara a cara a los hombres.

POLIMÉSTOR. —Y no es nada que me extrañe. Mas, ¿qué necesidad tienes de mí? ¿Por qué me has hecho venir de mi palacio?


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