Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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Sucedió, pues, en este tiempo, que un día de fiesta, después de comer, que hacía un calor excesivo, vino a visitarle Sancho Panza; y, hallándole en su aposento leyendo en el Flos sanctorum, le dijo:

—¿Qué hace, señor Quijada? ¿Cómo va?

—¡Oh Sancho! —dijo don Quijote—, seas bien venido; siéntate aquí un poco, que a fe que tenía harto deseo de hablar contigo.

—¿Qué libro es ese —dijo Sancho— en que lee su mercé? ¿Es de algunas caballerías como aquellas que nosotros anduvimos tan neciamente el otro año? Lea un poco, por su vida, a ver si hay algún escudero que medrase mejor que yo; que por vida de mi sayo, que me costó la burla de la caballería más de veinte y seis reales, mi buen rucio, que me hurtó Ginesillo el buena boya, y yo me quedo tras todo eso sin ser rey ni roque, si ya estas carnestoliendas no me hacen los muchachos rey de los gallos. En fin, todo mi trabajo ha sido hasta agora en vano.

—No leo —dijo don Quijote— en libro de caballerías, que no tengo alguno; pero leo en este Flos sanctorum, que es muy bueno.

—¿Y quién fue ese Flas Sanctorum? —replicó Sancho—. ¿Fue rey o algún gigante de aquellos que se tornaron molinos ahora un año?


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