Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha —¡Juro a Dios y a esta cruz que merecÃa el muy grandÃsimo bellaco más palos que tiene pelos mi rucio, y que, si le tuviera aquÃ, me le comiera a bocados! ¿Dónde aprendió el muy grandÃsimo hideputa a no tomar lo que le daban, siendo verdad que no está eso prohibido, no digo yo a los soldados y reyes, pero ni a los mismos señores caballeros andantes, que son lo mejor del mundo? En mi ánima, que creo que ha de arder la suya en el infierno más por ese pecado que por cuantas cuchilladas ha dado a luteranos y moriscos. Pero no me espanto fuese el muy follón tan mal mirado y tan poco quillotrado, si, como vuesa merced dice, venÃa de Cambray; que juro a los años del gigante GolÃas que debe de ser ésa la más mala tierra del mundo, pues, según dicen por las calles y plazas, chicos y grandes, hombres y mujeres, no se coge en ella pan ni vino ni cosa que lo parezca, sino estopilla, de lo cual se quejan con un perpetuo «¡ay, ay!», que es señal que debe de ser malÃsima y que debe de causar torzón a cuantos la comen.
Rieron destas boberÃas los canónigos y Bracamonte, pero no don Quijote, que, con una melancolÃa y sentimiento digno de su honrado celo, dijo: