Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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—Déjate, Sancho hijo, de llorar el descuido y poca prudencia del soldado y de si el «¡ay, ay, ay!» que dices se dice de la estopilla maldita que en Cambray se coge o no. Llora lágrimas de sangre por el agravio y tuerto fecho a aquella noble princesa y por la ofensa y mancha que en la honra del famoso Japelín cayó por industria o inconsideración, o por la maldad, que es lo más cierto, de aquel soldado, infamia de nuestra España y deshonra de todo el arte militar, cuyo aumento procuran tantos nobles, y yo entre ellos, a costa de la hidalga sangre de mis venas. Pero yo sacaré la alevosa de las suyas antes de muchos días, si le topo, como deseo.

—Deste cuidado queda ya libre vuesa merced —dijo Bracamonte—, como verá si me la hace de oír con paciencia lo que queda de la historia.

Rogaron todos a don Quijote reprimiese su justa cólera y a Sancho le pidieron callase, sin meterse en dibujos de averiguar lo que oiría; y, prometiéndolo ambos con mucha seguridad y algunos juramentos, prosiguió Bracamonte la tela de su cuento, diciendo:




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