Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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Levantóse riendo don Álvaro y dijo:

—Por Dios, que si el rey de España supiese que este entretenimiento había en este lugar, que, aunque le costase un millón, procurara tenerle consigo en su casa. Señor don Quijote, ello hemos de madrugar, por lo menos una hora antes del día, por huir del sol; y así, con licencia de vuesa merced, querría tratar de acostarme.

Don Quijote dijo que su merced la tenía; y así, comenzó a desnudarse para hacerle la cama, que en el mesmo aposento estaba, y mandó a Sancho Panza que le descalzase las botas. Llegaron en esto a quererlo hacer dos pajes del mesmo don Álvaro, que habían estado oyendo la conversación desde la puerta, pero no consintió Sancho Panza que otro que él hiciese tal oficio, de que gustó en estremo don Álvaro; el cual le dijo, mientras don Quijote salió afuera por unas peras en conserva para darle:

—Tirá, hermano Sancho, bien y tened paciencia.

—Sí tendrán —respondió Sancho—, que no son bestias; y, aunque no soy don, mi padre lo era.

—¿Cómo es eso? —dijo don Álvaro—. ¡Vuestro padre tenía don!

—Sí, señor —dijo Sancho—, pero teníale a la postre.

—¿Cómo a la postre? —replicó don Álvaro—. ¿Llamábase Francisco Don, Juan Don o Diego Don?


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