Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha —No, señor —dijo Sancho—, sino Pedro el Remendón.
Rieron mucho del dicho los pajes y don Álvaro, que prosiguió preguntándole si era aún su padre vivo; y él respondió:
—No, señor, que más ha de diez años que murió de una de las más malas enfermedades que se puede imaginar.
—¿De qué enfermedad murió? —replicó don Álvaro.
—De sabañones —respondió Sancho.
—¡Santo Dios! —dijo don Álvaro con grandísima risa—. ¿De sabañones? El primero hombre que en los días de mi vida oí decir que muriese desa enfermedad fue vuestro padre, y así, no lo creo.
—¿No puede cada uno —dijo Sancho— morir la muerte que le da gusto? Pues si mi padre quiso morir de sabañones, ¿qué se le da a vuesa merced?
En medio de la risa de don Álvaro y sus pajes, entró don Quijote y su ama, la vieja, con un plato de peras en conserva y una garrafa de buen vino blanco y dijo:
—Vuesa merced, mi señor don Álvaro, podrá comer un par destas peras y, tras ellas, tomar una vez de vino, que le dará mil vidas.