Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha —Yo beso a vuesa merced las manos —respondió don Álvaro—, señor don Quijote, por la merced que me hace, pero no podré servirle, porque no acostumbro comer cosa alguna sobre cena, que me daña y tengo larga esperiencia en mí de la verdad del aforismo de Avicena o Galeno que dice que lo crudo sobre lo indigesto engendra enfermedad.
—Pues, por vida de la que me parió —dijo Sancho—, que, aunque ese Azucena o Galena, que su mercé dice, me dijese más latines que tiene todo el a, b, c, así dejase yo de comer, habiéndolo a mano, como de escupir. ¡Mirá qué cuerpo de san Belorge! El no comer para los castraleones, que se sustentan del aire.
—Pues, por vida de la que adoro —dijo don Álvaro tomando una pera con la punta del cuchillo—, que os habéis de comer ésta, con licencia del señor don Quijote.
—¡Ah, no! Por su vida, señor don Tarfe —respondió Sancho—, que estas cosas dulces, siendo pocas, me hacen mal; aunque es verdad que cuando son en cantidad me hacen grandísimo provecho.
Con todo, la comió, y tras esto se puso don Álvaro en la cama, y a los pajes les hicieron otra junto a ella, do se acostasen, como lo hicieron. En esto, dijo don Quijote a Sancho: