Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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—¡Miren el tonto goloso, las nuevas de importancia que nos traía! Las albricias dellas le diera yo de muy buena gana con un garrote, si por aquí le hubiera a mano.

Entró, cuando esto decía don Quijote con cólera, muy sin ella el mesonero, diciendo:

—¿Qué es lo que vuesas mercedes quieren cenar, señores? Que se les dará luego al punto.

Don Quijote le dijo que para él le trajese dos pares de huevos asados, blandos, y para aquellos señores lo que a ellos les pareciese; pero que aderezase algún faisán, si le tenía a mano para la reina Zenobia, porque era persona delicada y regalada, y le haría daño otra cosa. Miró el mesonero a la que don Quijote llamaba reina, y dijo:

—¿No es vuesa merced la que cenó anoche con un estudiante y nos dijo que iba a casarse con él a Zaragoza? Pues ¿cómo ayer, como este caballero dice, no era Zenobia (aunque sí novia del tan falto de barbas cuanto de vergüenza) y agora lo es? A fe que anoche no cenó de faisán, sino de un plato de mondongo que consigo trajo de Sigüenza, envuelto en una servilleta no muy limpia, ni tampoco se nos hizo reina.

—Hermano —respondió ella—, yo no os pido nada. Traed de cenar, que lo que todos estos señores cenaren, cenaré yo también, pues este caballero nos hace a todos merced.


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