Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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Fue el mesonero y púsoles la mesa, y cenaron todos, con mucho contento de Sancho, que servía, yéndosele los ojos y el alma tras cada bocado de sus amos. Levantados los manteles, mientras él se fue a cenar, quedando todos sobre mesa, dijo el ermitaño a don Quijote:

—Vuesa merced, señor, nos la ha hecho grandísima a mí y al señor Bracamonte en este camino, y por ella quedamos ambos obligadísimos; pero, porque ya nos es forzoso irnos por otra parte, él de aquí a Ávila, de donde es natural, y yo a Cuenca, habrá vuesa merced de servirse de darnos licencia y mandarnos en dichas ciudades en cuanto se le ofreciere y viere le podemos servir, pues lo haremos como lo debemos y con las veras posibles; y lo mismo ofrecemos a su diligente escudero Sancho.

Don Quijote le respondió que le pesaba mucho perder tan buena compañía; pero que si no se podía hacer otra cosa, que fuesen sus mercedes con la bendición de Dios, mandando a Sancho que les diese un ducado a cada uno para el camino, el cual ellos recibieron con mucho agradecimiento. Y don Quijote les dijo:




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