Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha —Por vida de mi amantÃsima mujer Mari Gutiérrez, que es sola mi consorte, por no permitir otra cosa nuestra madre la Iglesia, señora reina Zenobia, que cuando la miro con tan bellaca cara, y en ella con ese rasguño maligual, vestida por otra parte toda de colorado, me parece que veo pintiparada una yegua vieja cuando la acaban de desollar para hacer de su duro pellejo harneros y cribas.
Fuese el ropavejero contento de la venta; y, quedándolo el huésped también de la que hizo a don Quijote de una mula razonable que tenÃa de alquiler, en veinte y seis ducados, en que determinó llevar con el mayor toldo que le fuese posible a la reina Zenobia hasta la Corte, donde pensaba hacer maravillas defendiendo su rara belleza y hermosura en público palenque.
Almorzaron esa mañana todos con mucho contento, hechas las dichas compras; y, habiéndose armado, don Quijote se salió de la posada, dejándola pagada, diciendo a Sancho Panza que se viniese poco a poco con la reina, cuidando sólo de su regalo y comida; que él los irÃa aguardando sin adelantarse demasiado.
Albardó Sancho su rucio y acomodó sobre él la maleta del dinero y la demás ropa; y, llamando luego a Bárbara, le dijo: