Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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—¡Ea! —replicó Bárbara—, no se nos haga bobo entre manos; que a fe no le saben mal las mujeres. Y si no me acogiese esta noche en la cama en que tengo de dormir sola, viniéndose a ella quedito, y se me metiese entre las sábanas sin que persona lo sintiese, ¡mal año y qué tal me pararía! De sola una cosa me pesaría en tal caso, y es que no osaría dar voces por temor de don Quijote y los huéspedes; que más vale mal pasar que gritar; y cuando algo hiciésemos, en fin estaríamos a escuras y nadie lo había de saber; que, en fin, claro está que yo por mi vergüenza y vos por ser hombre honrado, lo habíamos de callar.

Sancho, que no entendió la música de Bárbara, dijo:

—A fe que tienes razón; que cuando no dan voces y estamos a escuras, duermo yo muy mejor y más a pierna tendida, y de suerte que no me recordaran con un millón de campanas destempladas.

—¡Ay, amarga de mí —respondió Bárbara—, y qué lerdo que eres! Menester es llevarte por el camino de los carros; dame la mano, ladrón mío, que estoy entumecida y no me puedo tener en pies.

Diósela Sancho, diciéndole:


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