Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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—¡Oh falso hechicero! —respondió don Quijote—. ¿Agora piensas con tus falaces y halagüeñas palabras engañarme, para que, entrando dentro de tu castillo fiado dellas, caiga en la trampa que a la entrada de su puerta me tienes armada, deseoso de hacer luego de mí a tu sabor? No me engañarás, que ya te conozco desde que en Zaragoza me encerraste, con esposas en las manos y un grande tronco en los pies, en aquel duro calabozo que tú sabes, del cual me sacó el valeroso granadino don Álvaro Tarfe.

Sancho, que había estado escuchando lo que pasaba, se puso al lado de don Quijote, diciendo, mirando de hito a hito al autor:

—¡Oh hideputa, paganazo!, ¿piensa que aquí no le entendemos? A otro hueso con ese perro, que aquí todos somos cristianos, por la gracia de Dios, de pies a cabeza, y sabemos que tres y cuatro son nueve; que no somos bobos, porque nos habemos criado en el Argamesilla, junto al Toboso; y si no quiere creernos, métanos el puño en la boca, y verá si le mamamos. Dese por vencido, digo, él y todos esos luteranos que le rodean, si no quiere que se nos suba el humo a las narices; echemos pelillos en la mar, y con esto tan amigos como de antes.

Don Quijote le dijo colérico, dando de espuelas a Rocinante:


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