Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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—Quítate, Sancho, no hagas paces con gente infiel y pagana; porque los que somos cristianos no podemos hacer con éstos más que treguas, cuando mucho.

—Pues, señor —dijo Sancho, poniéndose delante de Rocinante—, si ello es verdad que vuesa merced es tan cristiano como yo (que eso Dios lo sabe), que sé que lo soy desdel vientre de mi madre, pues desde él creo bien y verdaderamente en Jesucristo y en cuanto Él manda, y en las santas iglesias de Roma, y en todas sus calles, plazas, campanarios y corrales, a pie juntillas, hagamos estas trueguas que dice, que parece que es un poco tarde, y las tripas me andan ya espoleando el vientre de hambre.

—¡Quítate de delante de mis ojos, pécora! —dijo don Quijote—. ¡Quítate, digo!

Y en esto, bajando la lanza, dio un apretón a Rocinante hacia el autor, el cual le dejó venir, y hurtándole el cuerpo, le asió de la rienda del rocín, que al punto estuvo quedo como si fuera de piedra. Acudieron al punto los demás compañeros, y uno le quitó la lanza, otro la adarga, y otro, asiéndole del pie, le volcó por la otra parte; tras lo cual acudieron también tres o cuatro mozos de los que llaman metemuertos y sacasillas, que, agarrándole los unos por los pies y los otros por los brazos, le llevaron a la venta mal de su grado, donde le tuvieron buen rato echado en el suelo, sin que se pudiese levantar.


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