Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha —¡Oh, reniego de cuantos Cides hay en toda la ciderÃa! ¡Venga, señor! ¡Pecador soy yo a Dios; que estas pobres cabalgaduras están de suerte que no pueden echar la palabra del cuerpo, según llegan de cansadas y muertas de hambre!
—¡Qué mal, oh Sancho —respondió don Quijote—, conoces tú a este caballo! Yo te juro que si le preguntases, y él te supiese responder, cuál quiere más, estar escuchando lo que yo digo de guerras, batallas y noblezas de caballeros, o media hanega de cebada, que él dirÃa que gusta sin comparación más de que hable de aquà al dÃa del Juicio, que no de comer ni beber; y es cierto se estarÃa dÃas y noches escuchándome con mucha atención.
Estando en esto, llegó un criado del titular diciendo a don Quijote:
—Señor Caballero Desamorado, mi señor le suplica se venga conmigo a su casa, porque quiere que vuesa merced y la reina Zenobia y su fiel escudero sean sus huéspedes y convidados esta noche y en todos los demás dÃas que a vuesa merced le pluguiere, hasta que se remate el desafÃo a que le tiene aplazado.
—Señor caballero —respondió don Quijote—, con notable gusto iremos a servir al prÃncipe Perianeo; por tanto, no hay sino guiar hacia allá, que todos iremos siguiendo.