Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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—Pardiez, señor pagano, que vuesa merced es tan hombre de bien como yo haya visto en toda la paganía otro, dejando aparte que es mal cristiano, por ser, como todo el mundo sabe, turco. Y así, no querría pusiese la vida al tablero, entrando en batalla con mi señor; que sería mal caso viniese a morir a sus manos quien en su casa nos ha hecho servicio de darnos a cenar, como a unos papagayos, tantos y tales guisados, que bastaban a tornar el cuerpo al alma de una piedra. ¿Sabe con quién querría yo que don Quijote, mi señor, hiciese pelea? Con estos demonios de alguaciles y porteros que nos hacen a cada paso terribles desaguisados, y tales cual es el en que nos acabamos de ver ahora, pues nos han puesto a amo y criado en el mayor aprieto que nos habemos visto desde que andamos por esos mundos a caza de aventuras. Y si no fuera porque vino a buen tiempo vuesa merced, mi señor se viera como en Zaragoza, a medio azotar; pero yo le juro, por vida de los tres reyes de Oriente y de cuantos hay en el Poniente, que si cojo alguno dellos en descampado y de suerte que pueda hacer dél a mi salvo, que me tengo de hartar de darle de mojicones, dándole mojicón por aquí y mojicón por allí, éste por arriba y este otro por abajo.

Decía esto Sancho con tal cólera, dando mojicones por el aire, como si verdaderamente se aporreara con el alguacil, dando mil vueltas alderredor, hasta que, cayéndosele la caperuza en el suelo, la levantó diciendo:


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