Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha —Señor, ¡pecador de mÃ! —decÃa Sancho Panza—, que yo no soy princesa ni caballero, ni esa señora maga que dice, sino el negro de Sancho Panza, su vecino y antiguo escudero, marido de la buena Mari Gutiérrez, que ya vuesa merced tiene media viuda. ¡Desventurada de la madre que me parió y de quien me metió aquÃ!
—Sácame aquà luego —añadÃa con más cólera don Quijote—, sana y salva y sin lisión ni detrimento alguno, la emperatriz que digo; que después quedará tu vil y superba persona a mi merced, dándoteme primero por vencido.
—Sà haré con todos los diablos —dijo Sancho—; ábrame la puerta y meta la espada en la vaina primero, que yo le traeré luego no solamente todas las princesas que hay en el mundo, sino al mesmo Anás y Caifás, cada y cuando su merced los quiera.
Envainó don Quijote con mucha pausa y gravedad, quedando molido y sudado de dar cuchilladas en la pobre cama, cuyas mantas y almohadas dejó hechas una criba; y lo mesmo hiciera del pobre Sancho si pudiera alcanzarle. El cual salió de detrás de la cama descolorido, ronco y lleno de lágrimas de miedo, y, hincándose de rodillas delante de don Quijote, le dijo:
—Yo me doy por vencido, señor caballero andante; su merced mande perdonarme, que yo seré bueno todo lo restante de mi vida.