Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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—Por Dios, no los dará golpe su merced que no haya yo muy bien cenado. A fe que le habían ya hinchido el ojo, como a la otra gordona moza gallega de la venta, a quien mi señor llamaba princesa. Y si no fuera porque no traía ella tan buenos vestidos como vuesa merced, ni esa rueda de molino que trae al gaznate, jurara a Dios y a esta cruz que era vuesa merced ella propria.

Solenizaron mucho la ledanía de simplicidades que había ensartado; y diciéndole el maestresala:

—Callá, Sancho, que para que cenéis más a vuestro placer os hemos puesto esa mesa aparte.

—Cuanto mayor fuere la que me tocare desos avechuchos —replicó Sancho—, más a mi placer cenaré.

—Pues empezad por este plato dellos —le dijo luego, dándole un buen plato de palominos con sopa dorada.

Comió ése y los demás que le dieron, tan sin escrúpulo de conciencia, que era bendición de Dios y entretenimiento de los circunstantes; y, viendo acabada la cena y que la señora aflojaba la gorguera o arandela, le dijo:

—¿No me dirá, por vida de quien la malparió, a qué fin trae esas carlancas al cuello, que no parecen sino las que traen los mastines de los pastores de mi tierra? Pero tal deben de molestarla todos estos podencos de casa, para que no sea menester eso y más para defenderse dellos.


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