Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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—Y sabed, si no lo sabéis, que estoy aguardando poco a poco a que me venga la cólera para reñir con vos; y creed bien y claramente que si deseáis con esa cara de cocinero del infierno hacerme menudísimas tajadas con los dientes para echarme a los gorriones, que yo, con la mía de Pascua, deseo haceros entre estas uñas rebanadas de melón para daros a los puercos a que os coman. Por tanto, manos a la labor; pero ¿de qué manera queréis que se haga la pelea?

—¿De qué manera se ha de hacer —replicó el secretario—, sino con nuestras cortadoras espadas?

—¡Oxte, puto! —dijo Sancho—, eso no, porque el diablo es sutil, y, donde no se piensa, puede suceder fácilmente una desgracia; y podría ser darnos con la punta de alguna espada en el ojo, sin quererlo hacer, y tener qué curar para muchos días. Lo que se podrá hacer, si os parece, será hacer nuestra pelea a puros caperuzazos, vos con ese colorado bonete que traéis en la cabeza y yo con mi caperuza, que al fin son cosas blandas, y cuando hombre la tire y dé al otro, no le puede hacer mucho daño; y si no, hagamos la batalla a mojicones; y si no, aguardemos al invierno que haya nieve, y a puras pelladas nos podemos combatir hasta tente bonete desde tiro de mosquete.

—Soy contento —dijo el secretario— de que se haga la batalla en esta sala a mojicones, como me decís.


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