Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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—En todos los días de mi vida —replicó Sancho— no he gustado de sombreros, ni sé a qué saben, porque se me asienta la caperuza en la cabeza que es bendición e Dios; porque en fin, es bonísimo potaje, pues, si hace frío, se la mete el hombre hasta las orejas, y si aire, se cubre con su vuelta el rostro, cual si llevara un papahígo, yendo tan seguro de que se le caiga, como lo está la rueda de un molino de moverse, y no se bambalea a todas partes, como hacen los sombreros, que si les da un torbellino, ruedan por esos campos cual si les tomara la maldición. Y más, que cuestan doblado una docena dellos que media de caperuzas, pues no pasa cada una dellas de dos reales y medio con hechura y todo.

—Bien parece, Sancho —le dijo el Archipámpano—, que conocéis la necesidad que tengo de vos y que no tengo de reparar en cosa a trueque de que quedéis en mi casa, pues pedís tantas gullorías. Pero, para que conozcáis mi liberalidad, mañana os mandaré pagar dos años de salario adelantados a vos y a vuestra mujer, y en llegando ella os vestiré a ambos muy de Pascua.





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