Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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Acercóse a la puerta della y preguntó al ventero si había posada. Díjole que sí; con que bajó luego de su asno y dio al ventero la maleta para que le diese cuenta della cuando se la pidiese, tras lo cual le preguntó si había qué cenar. Y, respondiéndole el ventero que había una muy buena olla de vaca, carnero y tocino, con muy lindas berzas y un conejo asado, dio dos saltos de contento en oír nombrar aquella devota olla el buen Sancho. Pidió al punto cebada y paja para su jumento, y llevóle con esta provisión a la caballeriza; y, mientras estaba ocupado en ella en dársela, llegó don Quijote cerca de la venta sobre su rocín, con la figura ya dicha. El ventero y otros cuatro o cinco que estaban con él a la puerta se maravillaron infinito de ver semejante estantigua y esperaron a ver lo que haría o diría. Llegó él, sin hablar palabra, a dos picas de la puerta, y mirando de medio lado y con grave continente a la gente que en ella estaba, pasó sin hablar palabra y dio una vuelta alrededor de toda la venta, mirándola por arriba y por abajo, y a veces midiendo con el lanzón la tierra desde la pared por defuera; y, habiendo dado la vuelta, se puso otra vez delante la puerta y, con una voz arrogante, puesto de pies sobre los estribos, comenzó a decir:




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