Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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Capítulo V

De la repentina pendencia que a nuestro don Quijote se le ofreció con el huésped al salir de la venta

Llegada la mañana, Sancho echó de comer a Rocinante y a su jumento, y hizo poner a asar un razonable pedazo de carnero, si no es que fuese de su madre, que de la virtud del ventero todo se podía presumir; y tras esto se fue a despertar a don Quijote, el cual en toda la noche no había podido pegar los ojos, sino al amanecer un poco, desvelado con las trazas de sus negras justas, que le sacaban de juicio, y más aquella noche, que había imaginado defender la hermosura de la gallega contra todos los caballeros estranjeros y naturales, y llevarla al reino o provincia de donde imaginaba que era reina o señora. Despertó don Quijote, despavorido a las voces que dio Sancho, diciendo:

—Date por vencido, ¡oh valiente caballero!, y confiesa la hermosura de la princesa gallega, la cual es tan grande, que ni Policena, Porcia Albana ni Dido fueran dignas si vivieran, de descalzarle su muy justo y pequeño zapato.

—Señor —dijo Sancho—, la gallega está muy contenta y bien pagada; que ya yo le he dado los docientos ducados que vuesa merced me mandó; y dice que besa a vuesa merced las manos, y que la mande, que allí está pintipintada para helle toda merced.


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