El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Yo tenía terrible aversión al trabajo en cualquiera clase que fuera; me gustaba siempre la vida ociosa, y mantenerme a costa de los incautos y de los buenos, y si tal cual vez me medio sujetaba a una clase de trabajo, era o acosado del hambre, como cuando serví a Chanfaina, y fui sacristán, o lisonjeado con una vida regalona en la que trabajaba muy poco y tenía esperanzas de medrar mucho, como cuando serví al boticario, al médico y al coronel.
Después de todo, por una casualidad no esperada, me encontré una Jauja con el difunto coronel, pero estas Jaujas no son para todos, ni se hallan todos los días. Yo debía haberlo considerado en la isla, y debía haberme dedicado a hacerme útil a mí mismo y a los demás hombres, con quienes hubiera de vivir en cualquier parte; pero lejos de esto, huyendo del trabajo y valiéndome de mis trapacerías, le dije a Limahotón (cuando lo vi resuelto a hacerme trabajar poniéndome a oficio) que yo no quería aprender nada porque no trataba de permanecer mucho tiempo en su tierra, sino de regresar a la mía, en la que no tenía necesidad de trabajar, pues era conde.
–¿Eres conde? –preguntó el asiático muy admirado.
–Sí, soy conde.
–¿Y qué es conde?