El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Siendo titular, todo se sale allá. Ahora ¿qué más tiene que yo el mejor conde del universo?
¿Nobleza? No me falta. ¿Edad? Tengo la suficiente. ¿Ciencia? No la necesito, y ganas me sobran. Lo único que no tengo es dinero y méritos; mas esto es una friolera. ¿Acaso todos los condes son ricos y ameritados? ¿Cuántos hay que carecen de ambas cosas? Pues
ánimo, Perico, que un garbanzo más no revienta una olla. Para conde nací, según mi genio, y conde soy y conde seré, pésele a quien le pesare, y por serlo haré cuantas diabluras pueda, a bien que no seré el primero que por ser conde sea un bribón.
En estos disparatados soliloquios me solía entretener de cuando en cuando, y me abstraía con ellos de tal modo que muchas veces me encerraba en mi gabinete, y era menester que me fuesen a llamar de parte del chaen, diciéndome que él y la corte me estaban esperando para comer. Entonces volvía yo en mí como de un letargo, y exclamaba:
–¡Santo Dios! No permitas que se radiquen en mi cerebro estas quiméricas ideas y me vuelva más loco de lo que soy.
La Divina Providencia quiso atender a mis oraciones, y que no parara yo en San Hipólito de conde, ya que había perdido la esperanza de entrar de virrey, así como entran y han entrado muchos tontos por dar en una majadería difícil, si no imposible.