El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I En medio de esta bonanza no dejaba yo de sentir que me hubiese salido huero mi virreinato, y muchas veces no podía consolarme con mi fingido condazgo, aunque no me descuadraba que me regalaran las orejas con el título, pues todos los días me decían los extranjeros que visitaban al chaen: conde, oiga V.S.; conde, mire V.S.; conde, tenga V.S.; y daca el conde y torna el conde, y todo era condearme de arriba abajo. Hasta el pobre chino me condeaba en fuerza del ejemplo, y como veía que todos me trataban con respeto y cariño, se creyó que un conde era lo menos tanto como un tután en su tierra o un visir en la Turquía. Agreguen ustedes a este equivocado concepto la idea que formó de que yo le valdría mucho en México; y así procuraba asegurar mi protección, granjeándome por cuantos medios podía; y los extranjeros que lo habían menester a él, mirando lo que me quería, se empeñaban en adularlo expresándome su estimación; y así, engañados unos y otros, conspiraban sin querer a que yo perdiera el poco juicio que tenía, pues tanto me condeaban y usiaban; tanto me lisonjeaban, y tantas caricias y rendimientos me hacían, que ya estaba yo por creer que había nacido conde y no había llegado a mi noticia.
–¡Qué mano –decía yo a mis solas–, qué mano que yo sea conde y no lo sepa! Es verdad que yo me titulé; pero para ser conde, ¿qué importa que me titule yo o me titule el rey?