El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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La mujer no lo quería creer, y en la porfía de si fue o no fue se nos pasó lo que faltaba de la noche, y a la luz del nuevo día creyó la mujer el espanto al ver lo descolorido de nuestras caras, que por lo que toca a la despeñada que nos dimos en el cieno, no puso la menor duda, porque luego que entramos se lo avisaron sus narices, y aunque no había luz ella creía que estábamos maqueados más que si lo viese.

En fin, la pobre lavó a su marido y a mí de pilón, quedándonos los dos cobijados con una frazada vieja entre tanto se secaron los trapos.

Aunque los míos se encerraban en dos, a saber: el cotón y los calzones, porque el sombrero y guaraches se quedaron en la campaña, se tardaron en secar una porción de tiempo, de modo que ya mi amigo estaba vestido, y yo no podía moverme de un lugar.

La pobre mujer me dio un poco de atole y dos tortillas; lo bebí más de fuerza que de gana, y después, para divertir mi tristeza, amolé un carboncito, le hice punta, y en el reverso de una estampa que estaba tirada junto a mí, escribí las siguientes décimas: Aprended, hombres, de mí,

lo que va de ayer a hoy;

que ayer conde y virrey fui

y hoy ni petatero soy.

Ninguno viva engañado


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