El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I En efecto, les apliqué el remedio, y quedaron más flexibles, pero no mejores, porque en donde les penetró bien el fuego, no valieron diligencias; saltaron los pedazos achicharrados y descubrieron más agujeros de los que eran menester, lo que no me gustó mucho, pues no tenía calzones blancos. Ello es que yo me los encajé, y como estaban ennegrecidos del hollín y llenos de agujeros, resaltaba lo blanco de mi piel por ellos mismos, y parecía yo tigre.
Advirtiendo esta ridiculez y queriendo remediarla, tomé un poco del mismo humo, y mezclándolo con otro poco de sebo, hice una tinta y con ella me pinté el pellejo, quedando así más pasadero.
Los dueños de la casa me compadecían, pero se reían de mis arbitrios, y sabedores de que mi intención era salirme de México en aquel instante a buscar fortuna, me dijeron que me fuera a Puebla, que allí tal vez hallaría destino. Al mismo tiempo me dieron unos frijoles que almorzar, y la mujer me puso un itacate de tortillas, un pedazo de carne asada y dos o tres chiles. Todo esto me lo envolvió en un trapito sucio, y yo me lo até a la cintura.