El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I –Se debe tener –me contestó el pasajero-, pero con los sustos que han llevado de la semana pasada a esta parte, es regular que no se rehagan tan presto las gavillas. En pocos días les han pillado seis, han colgado uno y han quedado tendidos en el campo cuatro. Conque ya ve usted que son de menos en su cuenta once, y a este paso los días son un soplo.
Como yo no había visto coger a nadie, sabía que los muertos eran dos, y me constaba que apenas éramos cinco, le dije con un aire de duda:
–Dable puede ser eso, pero temo que hayan engañado a usted, porque son muchos los ladrones agotados.
–No, no me han engañado –dijo él–; lo sé bien, sobre que soy teniente de la Acordada, tengo las filiaciones de todos, sé sus nombres, los parajes por donde roban, las averías que han hecho, y los que han caído hasta hoy; vea usted si lo sabré o no.
Frío me quedé cuando le oí decir que era teniente, aunque me consolé al advertir que yo no había salido más que a una campaña, y era imposible que nadie me conociera por ladrón.
Entonces le di todo crédito, y le pregunté que por qué rumbos habían cogido a los demás.
A lo que me contestó que por entre Otumba y Teotihuacán.