El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Parlamos largo rato sobre otras cosas, y a lo último le dije cómo yo tenía sobrada razón para temer a los ladrones, pues era perseguido de ellos.
–Vea usted –le decía muy formal–, no me han salido esos ladrones, pero anoche se me huyó el mozo con la mula del almofrés y me dejó sin un real, pues se llevó los únicos doscientos pesos que yo llevaba en mi baúl.
–¡Qué picardía! –decía el teniente muy compadecido–. Ya ese pícaro estará con ellos.
¿Cómo se llama? ¿Qué señas tiene?
Yo le dije lo que se me puso, y él lo escribió con mucha eficacia en un librito de memoria; y así que concluyó nos entramos a acostar.
Me convidó con su cuarto; yo admití y me fui a dormir con él. Luego que vio mis pistolas se enamoró ellas y trató de comprármelas. Con el credo en la boca se las vendí en veinticinco pesos, temiendo no se apareciera su dueño por allí. Ello es que se las dejé y me habilité de dinero sin pensar.
Nos acostamos, y a otro día muy temprano nos pusimos en camino, en el que no ocurrió cosa particular. Llegamos a Apam, donde fingí salir a buscar a un amigo, y al día siguiente nos separamos y yo continué mi viaje para México.