El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I lecciones tomo que me das ya muerto.
Concluido mi soneto, me fui por mi camino encomendándolo a Dios muy de veras.
Procuré entrar en México de noche, paré en el mesón de Santo Tomas, cené, y estando paseándome en el corredor, oí llanto de mujeres en uno de los cuartos.
La curiosidad o la lástima me acercó a la puerta, y poniéndome a acechar, oí que un viejo decía:
–Vamos, hijas, ya no lloren, no hay remedio, ¿qué hemos de hacer? La justicia debió hacer su oficio, el muchacho dio en maleta desde chico, no le valieron mis consejos, mis amenazas, ni mis castigos; él dio en que se había de perder, y por fin se salió con ello.
–Pero lo siento –decía una pobre vieja–; al fin era mi sobrino.
Yo también lo siento –decía el anciano–, y prueba de ello son las diligencias y el dinero que he gastado por librarlo; pero no fue capaz. ¡Válgate Dios por Januario desgraciado! Eh, hija, no llores; mira, nadie sabe que es nuestro pariente, todos lo tienen por huérfano de la casa. La pobre Poncianita ¡cuánto se avergonzará de este suceso! Pero al fin ya la muchacha es monja, y aunque se supiera su parentesco, monja se había de quedar; encomiéndalo a Dios, y acostémonos para irnos muy de mañana.