El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I –¿Pero ahora tratas de mudar de vida seriamente? –me dijo Roque.
–Ésa es mi intención, sin duda –le contesté–, y con este designio me he venido a encerrar estos ocho días.
–Me alegro mucho –continuó Roque–; pero, hombre, no sean tus cosas por la Virgen; ya somos grandes, y ya tú le has visto al lobo, no sólo las orejas sino todo el cuerpo; y así debes pensar con seriedad.
–No me disgusta tu fervor –le dije–; sin duda eres bueno para fraile, y te había de asentar lo misionero.
–No pienso en ser predicador –me contestó–, porque no me considero ni con estudios ni con el espíritu propio para el caso; pero sí pienso en ser fraile, y por eso he venido a tomar estos santos ejercicios. Ya estoy admitido en San Francisco, y si Dios me ayuda y es su voluntad, pienso salir de aquí y entrar al noviciado luego luego.
–Me alegro, Roque, me alegro. Tú has pensado con juicio, aunque dice el refrán que el lobo, harto de carne, se mete a fraile.