El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I –Ése es uno de tantos refranes vulgares y tontos que tenemos –decía Roque–. Aun cuando quisieras decirme que después que di al mundo las primicias de mi juventud y ahora que tengo un pie en la vejez, quiero sujetarme al claustro y vivir bajo obediencia, no dirías mal; pero ¿acaso porque fuimos malos muchachos y malos jóvenes, hemos de ser también malos viejos? No, Perico; alguna vez se ha de pensar con juicio; jamás es tarde para la conversión; y otro refrán también dice, que más vale tarde que nunca.
–No, no te enojes, Roquillo –le dije–, haces muy bien; ésta es una chanza, ya conoces mi genio, que naturalmente es jovial, y más con amigos de tanta confianza como tú; pero haces muy bien en pensar de esta suerte, y yo procuraré sacar fruto de tu enojo.
–¡Qué enojo ni qué calabaza! –decía Roque–, ya conozco que hablas con chocarrería; pero te digo lo que hay en el particular.
En esto tocaron la campana y nos fuimos a la plática preparatoria.
Concluidos los ejercicios de aquella noche, entró el portero a mi cuarto y me dijo de parte de mi confesor que después de la misa de prima en capilla lo esperara en la sacristía.