El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Leímos yo y Roque en los libros buenos que había en la mesa hasta que fue hora de cenar, y después de esto nos recogimos, habilitándome Roque de una sábana y una almohada.
Al día siguiente me levanté temprano, oí la misa de prima, esperé al padre y comencé a hacer mi confesión general, enamorándome más cada día de la prudencia y suavidad del confesor.
El séptimo se concluyó la confesión a satisfacción del confesor y con harto consuelo de mi espíritu. El padre me dijo que el día siguiente era la comunión general; que comulgara y no fuera a desayunarme a mi cuarto sino a su aposento, que era el número siete, saliendo de la capilla sobre la derecha. Así se lo prometí y nos separamos.
Increíble será para quien no tenga conocimiento de estas cosas, el gusto y sosiego con que yo dormí aquella noche. Parece que me habían aliviado de un enorme peso o que se había disipado una espesa niebla que oprimía mi corazón, y así era la verdad.
Al día siguiente nos levantamos, aseamos y fuimos a la capilla, donde después de los ejercicios acostumbrados se dijo la misa de gracias con la mayor solemnidad, y después que comulgó el preste, comulgamos todos por su mano llenos del más dulce e inexplicable júbilo.